Mtra. Claudia Ascencio Peralta / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
Universidad Latinoamericana, campus Cuernavaca.
Archivo: Salud

La obesidad es un grave problema de salud pública que afecta a más de 70 millones de mexicanos. Se caracteriza por un aumento progresivo del peso corporal, debido a la acumulación de los excesos de energía consumida de manera crónica, como grasa en el tejido adiposo. El exceso de tejido adiposo produce cambios metabólicos y hormonales que propician el desarrollo de complicaciones como la diabetes, hipertensión arterial y dislipidemias. Las causas de la obesidad son complejas e involucran aspectos relacionados con el consumo de alimentos y bebidas, además de las formas en las que el cuerpo utiliza las reservas de combustible. Los cambios en los patrones de alimentación caracterizados por una amplia disponibilidad de alimentos, el aumento en el tamaño de las porciones, los alimentos con alto contenido energético y los aspectos emocionales, aunados a una dramática reducción de la actividad física, parecen detonar a esta epidemia.
          Según datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de 2006, la suma de la prevalencia de sobrepeso y obesidad en las mujeres fue mayor que la reportada en varones. Esto sugiere que las causas que favorecen la obesidad son distintas en cada género. Por ejemplo, se sabe que las mujeres prefieren ponerse a “dieta”, como un intento para perder peso, mientras que los varones incrementan su actividad física. Tal vez, es por este motivo, que en la consulta de nutrición se atienden a más mujeres que varones.
           El propósito de este análisis es compartir con el lector, el estado clínico-nutricio, así como las estrategias previamente utilizadas para mantener o bajar de peso descritas por 45 mujeres que decidieron asistir a consulta de nutrición. Los principales antecedentes heredofamiliares reportados por las pacientes incluyen diabetes mellitus, hipertensión arterial, otras enfermedades cardiovasculares (enfermedad coronaria, infartos, aneurismas, etc.), cáncer y obesidad (Figura #1). Más de la mitad de las pacientes refieren tener parientes en línea directa con diabetes mellitus, 37.8% por una línea familiar (paterna o materna) y 17.8% por ambas, mientras que 7 de cada 10 tienen familiares hipertensos por una línea familiar.

Los cánceres hormono-dependientes como el de mama, próstata y cervico-uterino fueron los más reportados, aunque existieron casos de familiares con cáncer gástrico, pancreático, linfomas, entre otros. En mi experiencia clínica, este momento de análisis que realizan las pacientes respecto a su carga genética ante diferentes enfermedades, ayuda a sensibilizarlas respecto a la importancia de su tratamiento e incluso les incentiva a pensar en hacer partícipes a sus familiares en el cambio de estilo de vida que están por iniciar.
          Cerca del 25% de las pacientes fuman actualmente y un poco más del 50% acostumbra consumir bebidas alcohólicas de manera ocasional (1 o 2 copas al mes) o de forma habitual (2 o más copas a la semana). Estos hábitos fueron reportados casi exclusivamente por pacientes jóvenes menores a 30 años, lo que señala diferencias de tipo generacional entre mujeres.
El 95% reportaron llevar una vida sedentaria y sólo una de 4 ha realizado alguna actividad física ya sea de tipo deportiva o recreativa de manera regular. No hubo diferencias por generación en las respuestas en cuanto a preferencias por tipo de actividad física, aunque la mayoría mencionaron estar dispuestas a iniciar un cambio en este sentido, inclinándose a caminar más y ser más activas los fines de semana.
El consumo regular de bebidas alcohólicas y otras bebidas con carga energética como los refrescos, aguas de sabor, jugos naturales o industrializados deben ser considerados como un factor predisponente a la obesidad en mujeres. En la tabla 1 se presenta el aporte calórico de diferentes bebidas y el tiempo en que su acumulación podría propiciar el incremento de 1 kilogramo de peso corporal, considerando que energéticamente 1 kg de peso representa el cúmulo de 7000 kcal.

Como podemos observar, el efecto depende de la frecuencia y cantidad con que las bebidas son consumidas. Por ejemplo, para una mujer que bebe dos latas de cerveza a la semana, que aportan alrededor de 300 kcal, el tiempo necesario para acumular 7000 kcal es de 23.3 semanas. Esto implica que en un año, puede aumentar 2.4 kg de peso, siempre y cuando el consumo energético de la bebida no sea compensado (ya sea aumentando su actividad física o limitando el consumo de alimentos) y supere sus requerimientos energéticos. Por otro lado, 500 ml de jugo de naranja natural consumido diariamente, aporta alrededor de 220 kcal/día, por lo que el tiempo requerido para almacenar 7000 kcal es de tan solo 32 días (4 semanas). Esta acumulación de energía es independiente de lo “saludable” que resulte ser la bebida consumida.
            Una situación común realizada por las pacientes cuando consumen bebidas alcohólicas, es omitir la comida más cercana (por lo regular la cena) al momento en que van a consumir alcohol, con el fin de compensar la energía y evitar subir de peso. El efecto final se describe en la tabla 2. Como podemos observar, la compensación solamente se logra al nivel energético, pero implica la pérdida en el aporte de nutrimentos como las proteínas y el calcio contenidos en la leche o las tortillas.

En relación a las características antropométricas al inicio del tratamiento, 20% de las pacientes en su mayoría jóvenes universitarias, registraron un peso adecuado en relación a su estatura, con un índice de masa corporal (IMC, Peso en Kg/estatura en m2) entre 18.5 y 25, pero notaron un aumento progresivo de peso que decidieron controlar oportunamente. 40% de las pacientes registraron sobrepeso con IMC entre 25 y 30 y el resto presentaron obesidad (Figura #2). Cerca del 60% de las pacientes tuvieron un índice cintura cadera superior a 0.8, por lo que su obesidad fue clasificada como de tipo androide con acumulación de tejido adiposo en cavidad abdominopélvica, lo que incrementa su riesgo a desarrollar complicaciones metabólicas como diabetes mellitus e hipertensión arterial.

8 de cada 10 pacientes habían recurrido a uno o más métodos previos para bajar de peso, una de cada 10 había asistido previamente con un nutriólogo y sólamente una paciente fue referida a la consulta por su médico tratante. Los principales métodos utilizados fueron dietas altas en grasas, dietas de revistas femeninas, diferentes tipos de licuados, curas de frutas, mesoterapia, acupuntura, balines y Weight Watchers.

Resalta el hecho de que la mayoría de las mujeres llevó a cabo múltiples métodos para perder peso sin pedir ayuda profesional. Los medicamentos no controlados que utilizaron fueron: “Gotas” o “Pastillas”, de las cuales nunca supieron el nombre ni la sustancia activa que contenían, los inhibidores de lipasas y diferentes clases de anorexigénicos. 7 de cada 10 pacientes recuperaron el peso perdido de forma rápida (menos de 6 meses) y el resto de las pacientes de forma progresiva, en lapsos variables de 6 meses a 2 años. Esto se debe a que a excepción del programa Weight Watchers, dichas terapias no contribuyen a cambiar hábitos de alimentación.
          En relación a sus patrones alimentarios, es común que las mujeres jóvenes dejen de desayunar, mientras que las mujeres maduras omitan la cena como “método de control de peso”. De los alimentos que reportan como los que más les gustan destacan los lácteos, antojitos mexicanos, frijoles, panes, pastas, chocolate y refrescos. Los alimentos que no les agradan incluyen a las carnes (principalmente rojas), vísceras, algunas verduras y frutas (cuando les ocasionan dificultad para digerirlas o flatulencias) y pastelillos comerciales. Las “tentaciones que las hace pecar” cuando no se encuentran a dieta incluyen chocolates, galletas, diferentes tipos de dulces (tamarindo, caramelos), helados, gomitas, refrescos, jugos embotellados, brownies; o bien, chicles, gelatinas, jugos, barritas de cereal, fruta y yogurt bebible si se encuentran en etapa de “cuidar su peso”.
          Los antojos aumentan durante el síndrome premenstrual y son consumidos principalmente entre comidas, especialmente a media tarde. Los fines de semana representan un grave conflicto en su intento de control de peso, ya que la mayoría modifica los horarios, aumenta la cantidad, cambia el tipo de alimentos consumidos y frecuentemente comen fuera de casa, lo que les dificulta mantenerse a dieta.
En conclusión, el sedentarismo y la poca actividad física en las pacientes contribuyeron a su incremento de peso. Realizan mala toma de decisiones sobre su alimentación por diferentes causas, incluyendo las fluctuaciones hormonales propias del ciclo menstrual y los efectos de los fines de semana. Fue común la búsqueda de soluciones mágicas y rápidas para bajar de peso, antes de buscar ayuda profesional. Dada la magnitud del problema de obesidad, es indispensable la participación del médico y otros profesionales de la salud en la detección y tratamiento oportuno de pacientes, refiriéndolos a consulta de nutrición, junto con la promoción de actividad física.

Lecturas recomendadas:
1. Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2006 (ENSANUT). Instituto Nacional de Salud Pública. http://www.insp.mx/ensanut/
2. Pérez Lizaur A, Palacios González B, Castro Becerra A. L. Sistema Mexicano de Alimentos Equivalentes. 3ª. Edición, Ed. Fomento de Nutrición y Salud, A. C.
3. Zudaire M. Bebidas azucaradas entre horas, un hábito insano. Revista Consumer Eroski
http://www.consumer.es/web/es/alimentacion/aprender_a_comer_bien/infancia_y_adolescencia/2009/01/27/182963.php


Semblanza


Claudia Ascencio Peralta es licenciada en dietética y nutrición, cuenta con la maestría en nutrición humana y candidata al doctorado en ciencias biomédicas. Líder Académico de la Escuela de Nutrición y docente de las Escuelas de Nutrición y Medicina de la Universidad Latinoamericana, Campus Cuernavaca. Consultora en nutrición independiente.