Dr. Jaime Tortoriello García / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
Centro de Investigación Biomédica del Sur del Instituto Mexicano del Seguro Social
Archivo: Salud

El apasionante mundo del cerebro humano, un complejo ensamble de células nerviosas que interaccionan en una variedad infinita y que, aún sin entrar en contacto físico, establecen un sistema de comunicación indescifrable en su complejidad pero con una armonía tal que finalmente nos permite, sin necesidad de realizar un gran esfuerzo, desde orquestar el movimiento de un dedo, hasta generar el más complicado razonamiento y modular nuestras emociones. La información acumulada hasta el momento con relación al conocimiento de las funciones del sistema nervioso nos permite afirmar que el comportamiento animal (incluyendo el comportamiento humano) depende en gran medida de las estructuras cerebrales, sus conexiones y neurotransmisores. Aún cuando pudiera parecer poco creíble, más que el aprendizaje, el medio ambiente o la enseñanza proveniente de los padres o amigos, el comportamiento humano depende de la gran extensión de conexiones de las células nerviosas y de las sustancias químicas producidas y liberadas en el cerebro.

La personalidad, la timidez o el atrevimiento de un individuo, la melancolía o la felicidad, y hasta podríamos afirmar que el deseo sexual, hoy sabemos que son susceptibles de ser modificadas a través de sustancias químicas. Desde tiempos remotos, en el intento del hombre por modificar, controlar y mejorar las funciones del sistema nervioso, los productos obtenidos de plantas han jugado un papel importante.
Estudios de las propiedades del opio, la marihuana, la mandrágora, la ayahuasca y el peyote, entre muchos otros, experimentaron un auge durante la segunda mitad del siglo XX. Se realizaron estudios científicos que, se ha dicho, estuvieron orientados a encontrar y demostrar en estas plantas alguna propiedad farmacológica, cuando en realidad la parte fascinante de la investigación radicó en la posibilidad de encontrar sustancias nuevas que pudieran ser utilizadas como herramientas en el estudio del funcionamiento del sistema nervioso central. Herramientas que funcionarían como instrumentos farmacológicos con la intención de entender la modulación de las emociones, la personalidad, las percepciones y motivaciones, así como también, de contribuir en el avance del conocimiento de algunos de los trastornos como la psicosis, el insomnio, la enfermedad de Parkinson, la depresión, la demencia y otros grandes retos propuestos por los neurofisiólogos y, de esta manera, permitieran un avance más rápido en el desarrollo de métodos de tratamiento.

Durante estas investigaciones se generaron diferentes términos, todos ellos con la intención de identificar los efectos que los compuestos obtenidos de los vegetales producen sobre las funciones del cerebro y que más tarde resultaron difíciles de manejar: psicoestimulantes, también conocidos como psicoanalépticos o psicotónicos, denominaciones que en general son atribuidas a los estimulantes del sistema nervioso central, como son la cafeína (obtenida de las semillas de café), teobromina (extraída del chocolate), cocaína (un alcaloide obtenido de vegetales de la especie Erytroxilon coca); psicomiméticos, sustancias que simulan psicosis y que son también conocidos como alucinógenos; psicodélicos que facilitan la visión mental; psicodislépticos que alteran la mente; enteógenos que favorecen la comunicación con Dios. Estas son en general las sustancias que alteran la sensación, la percepción, las emociones y el estado de conciencia.

Entre los psicomiméticos se encuentran productos de diferentes especies de plantas y hongos como son: el peyote, un cactus que en el lenguaje científico es conocido con el nombre de Lophophora williamsii; la belladona, que es el nombre común para la especie Atropa belladona; la mandrágora, cuyo nombre científico es Mandragora officinarum; el beleño, nombre popular con el que se conoce a Hyoscyamus niger; el toloache, una especie mexicana que corresponde a Datura inoxia y, también, la amanita, el cornezuelo del centeno y el teonanacatl, que son hongos silvestres que contienen abundantes alcaloides indólicos y son conocidos con los nombres científicos de Amanita muscaria, Claviceps purpurea y Psylocibe mexicana, respectivamente.
Todas estas especies contienen compuestos químicos que interactúan con los neutrotransmisores o sus receptores en el cerebro. Sus efectos producen modificaciones en signos clínicos (cambio en la presión arterial, modificaciones en el diámetro de la pupila, y en la temperatura corporal) que no permiten discriminar, basados solo en ellos, entre algunos diagnósticos, mientras que los trastornos de la percepción que ellos generan se traducen en una variedad de sintomatología subjetiva que resulta difícil de describir con claridad para quien lo experimenta.

Durante las últimas décadas grupos de investigación de diferentes países han desarrollado trabajos con productos vegetales con la intención de demostrar su capacidad terapéutica, utilizando con este fin, diferentes pruebas farmacológicas en animales y en pocos casos pruebas en humanos. Los investigadores cuya formación académica se relaciona con la química de los productos naturales, generalmente orientan su esfuerzo en aislar e identificar los compuestos químicos presentes en el vegetal, mientas que los que tienen una formación en las ciencias biológicas o de la salud, orientan su trabajo con la intención de dilucidar los complejos mecanismos de acción farmacológica, pero, ¿cómo encontrar dentro de esta ausencia de conocimiento, una droga específica nueva para el tratamiento de los desordenes que afectan al cerebro humano? ¿Como se puede dirigir una investigación con la intención de descubrir un fármaco útil en el tratamiento de la psicosis sin conocer con certeza las bases fisiopatológicas de la enfermedad?
Existe un buen número de medicamentos que son usados ampliamente alrededor del mundo y que no resuelven adecuadamente los problemas de salud, o que generan efectos adversos. Aún cuando la gran mayoría de los medicamentos utilizados en la medicina occidental para el tratamiento de los trastornos del cerebro son de origen sintético, las plantas medicinales y los productos obtenidos de ellas constituyen las drogas más frecuentemente usadas por la población con estos fines. Las investigaciones relacionadas con la medicina tradicional reportan cientos de plantas medicinales que son utilizadas por sus propiedades atribuidas sobre el cerebro, la mayoría de ellas indicadas en insomnio, ansiedad y convulsiones. En México sobresalen por su frecuencia de uso la flor del naranjo, la tila, la valeriana y la ruda, entre otras que la población utiliza diariamente sin estar conciente necesariamente de sus efectos farmacológicos, como son el café, diferentes tés y el chocolate.
El estudio científico de la flora medicinal es, sin duda, una excelente alternativa de investigación en México y, debido a la diversidad vegetal, la cultura médica tradicional, y los diferentes grupos de investigación, lo es particularmente para el estado de Morelos. El desarrollo de una industria del fitomedicamento, basada en el conocimiento científico, redituaría en beneficios para la salud, para el campo, para el medio ambiente y para la economía.


Pie de Figura 1. Xochipilli, Príncipe de las Flores, deidad de la cultura Mexica que se encuentra en el Museo Nacional de Antropología. La expresión corporal que muestra la figura se relacionó con las plantas que producen alucinaciones y que se encuentran talladas sobre su cuerpo y en el pedestal.

 

Literatura recomendada: Shultes E, Hoffman A. Plantas de los Dioses. Fondo de Cultura Económica. ISBN: 9789681663032

 


El Dr. Jaime Tortoriello García es médico cirujano por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). En 1988 ingresó a la Unidad de Investigación en Medicina Tradicional y Herbolaria, y desde entonces ha dedicado su vida profesional a la investigación de la Medicina Tradicional Mexicana, con especial atención al estudio de las plantas medicinales y con la intención de desarrollar fitomedicamentos. Cuenta con el grado de Doctor en Ciencias en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y es miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Actualmente es el Director del Centro de Investigación Biomédica del Sur del Instituto Mexicano del Seguro Social en Xochitepec, Morelos. Esta colaboración fue publicada previamente en el periódico La Unión de Morelos y puede consultarse en el portal de Internet www.acmor.org.mx.