La Ciencia, la mejor respuesta de la humanidad frente a la emergencia sanitaria

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Algunos virólogos y ambientalistas lo habían anticipado desde hace al menos diez años. Lo que no era posible, desde luego, era pronosticar la posible fecha del surgimiento de la nueva pandemia. Sin embargo, el 11 de marzo pasado se cumplió ya un año del anuncio de la Organización Mundial de la Salud sobre la constitución de la pandemia –COVID-19– ocasionada por un coronavirus. El mundo cambió. Súbitamente interrumpimos nuestro quehacer diario. La rutina se quebró. Los días se tornaron largos y perdimos la claridad de las fechas. No estábamos seguros de si la semana había arrancado o estaba a punto de acabar. Se pensó –ingenuamente– que para el verano de 2020 la situación iba a ser ‘normal’; luego, que hacia finales del otoño; y después, para navidades. Aún no termina y no sabemos cuándo concluirá.

El enemigo en esta ocasión es verdaderamente minúsculo; tan pequeño, que los virus no se conocieron hasta finales del siglo XIX y principios del XX. La invención del microscopio electrónico en 1931 (no hace ni cien años) nos mostró su verdadero rostro. Se anticipaba que los virus fueran pequeños –pequeñísimos–, pero el rango de sus tamaños fue una sorpresa. Muchos virus son más diminutos que la bacteria más pequeña.

Lo cierto es que respiramos, caminamos y vivimos en un mundo de bacterias y de virus. El planeta ‘azul pálido’ que habitamos es un mundo de seres microscópicos. Los virus son numerosísimos y están por doquier: en la atmósfera, bosques, selvas, lagos, ríos y océanos; en nuestras casas, oficinas, escuelas. Conviven con nosotros todos los días, en números inimaginables. Nuestros intestinos, por ejemplo, son un paraíso para las bacterias; pues ahí los virus las superan en una proporción aproximada de diez a uno.

Los virus están constituidos por ácidos nucleicos y proteínas, como tú o como yo, pero no sabemos si están vivos o muertos. Fuera de las células son partículas totalmente inertes: carecen de metabolismo y de medios de reproducción. Pueden vagar por muchos años sin verse afectados por absolutamente nada.

Una vez que encuentran una célula donde reproducirse, los virus cobran vida; la controlan y la utilizan para reproducir sus ácidos nucleicos. Éstos contienen las instrucciones precisas para que la célula abandone sus funciones más básicas y se dedique, de una manera obsesiva, a la fabricación del ácido nucleico del invasor. La célula morirá; morirá pariendo millones de virus. Pavorosas noticias en el curso de una pandemia, ya que su enorme capacidad de propagación ocasionará numerosas muertes en la especie que ha invadido.

La humanidad ha reconocido que estamos a merced de un enemigo invisible, pero poderoso. Somos vulnerables, y quizá, en el siglo XXI –paradójicamente–, somos una especie más vulnerable debido a los impactos negativos que estamos ocasionando en numerosos ecosistemas de la Tierra. Los seres humanos nos hemos convertido, probablemente, en el factor más determinante del clima y del medio ambiente (sólo después del Sol) del planeta que habitamos. Somos responsables ante el planeta: provocamos incendios cada vez más fuertes; las zonas polares y glaciares se derriten; los temporales que nos azotan lo hacen con creciente ferocidad; la caza y el mercado de especies salvajes exóticas se ha multiplicado.

En consecuencia, el riesgo de que la humanidad enfrente con mayor frecuencia enfermedades infecciosas zoonóticas ha aumentado, sin duda.

La mejor respuesta que tuvimos frente a la adversidad se llama Ciencia.
Zoonosis es un término técnico para referirnos a aquel patógeno que salta de un animal (no humano) a una persona. Al llegar a una persona se instala y provoca, en ocasiones, o bien una enfermedad o la muerte. La gripe aviar, la gripe porcina, la rabia, el ébola, el ántrax, la peste bubónica, el SARS, la gripe española y otras enfermedades infecciosas son ejemplos de zoonosis. Todas las gripes humanas son zoonóticas. Estos ‘saltos’ entre especies son usuales. La zoonosis, lamentablemente, es una palabra que usaremos con frecuencia en el futuro cercano. Sin embargo, no sólo los virus producen este tipo de enfermedades; también son ocasionadas por las bacterias, los hongos, los protistas y otros. Los virus son, sin embargo, los más problemáticos; son versátiles, esquivos y evolucionan rápidamente; son un reto formidable.

Un virus –un solo tipo de virus– quebró la rutina alrededor del mundo: las cadenas de producción globales se detuvieron; la economía mundial se frenó; la pobreza aumentó; diez o quince años de avance contra la pobreza en Latinoamérica se esfumaron; las sociedades han sufrido; se ha producido un aumento brutal de la violencia doméstica en diferentes países; se han frustrado las expectativas de una gran cantidad de mujeres, ya abrumadas por sus responsabilidades domésticas y para seguir obteniendo ingresos para sostener sus hogares; la vulnerabilidad social ha aumentado; la soledad (no deseada) se ha convertido en una forma de vida impuesta. El aislamiento está asociado al debilitamiento del sistema inmunológico, la inflamación crónica y numerosas enfermedades psiquiátricas. Las consecuencias no se limitan a lo tangible.

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La mejor respuesta que tuvimos frente a la adversidad se llama Ciencia.

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La ciencia nos proporciona las mejores herramientas para acercarnos a la naturaleza y tratar de entenderla. La palabra ciencia proviene del latín scientia, que significa conocimiento.

Conocer es comprender; comprender es entender y transformar. La ciencia nos ha ofrecido una vacuna en plazos brevísimos y ha recuperado la esperanza para muchas personas. La solidaridad científica mostró el camino. Las pandemias son, por definición, problemas globales a los que se ha de enfrentar con conocimientos, información y novedosas técnicas de inteligencia artificial y con solidaridad internacional. Comprendamos lo siguiente: la colaboración global es la mejor manera de enfrentar una pandemia.

Los conocimientos que se obtengan en los próximos años serán absolutamente imprescindibles para cuando la humanidad enfrente nuevas pandemias. El dilema está presente: invertir en más y mejor ciencia o contemplar un posible colapso de la civilización. Las vacunas son la solución, pero no nos pueden proteger si mucha gente las rechaza.

Los motivos para ponérselas tienen que ser colectivos y personales, por eso la divulgación científica adopta una importancia toral en estos momentos: es necesario divulgar. Es indispensable divulgar y hacerlo con claridad y efectividad. Durante miles de años, la humanidad explicaba las pandemias acudiendo a pseudociencias como la astrología, y su legado persiste: el virus de la gripe se llama influenza porque hace unos trescientos años el origen de la enfermedad se atribuyó a la influencia de los astros. Hoy, circulan en la red ideas tan absurdas como que hay poderes mundiales que desean inyectar chips para controlar a las personas.

La ciencia básica produce resultados que, eventualmente, tienen aplicaciones prácticas. Ésta es la razón –poderosa razón– para invertir en ciencia básica; sin embargo, el lapso entre un descubrimiento científico y su aplicación obstaculiza que los gobiernos inviertan en la ciencia. Es momento de entender que, sin ciencia, no hay futuro.


Mtro. José Francisco Pulido Macías / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
Director del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos