Hoy en día al usar automóvil o el transporte público estamos emitiendo bióxido de carbono a la atmósfera, con ello estamos cambiando la composición de los gases en ella. En el reciente informe del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC), publicado en el mes de abril de 2014, se menciona que hay evidencias de un cambio climático causado por las actividades humanas. Es importante recordar que el IPCC es una iniciativa de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) creada en 1988. Se trata de un grupo abierto a todos los Miembros de las Naciones Unidas y de la OMM que tiene dentro de sus principales actividades el hacer una evaluación periódica de los conocimientos sobre el cambio climático. En este quinto informe una conclusión válida sería que con nuestro comportamiento estamos haciendo lo posible por destruir nuestro entorno. Enfatizamos ¿será posible que estemos destruyendo nuestro planeta?
A mediados del siglo pasado el ecologista Garret Hardin describió este tipo de deterioro de nuestro entorno como un fenómeno social y lo nombró: “La Tragedia de los Comunes”, utilizando como ejemplo un pastizal de uso común donde pastaban bovinos. Esa descripción apareció en una de las revistas más prestigiosas del mundo, Science en 1968. Es decir, llevamos más de medio siglo haciéndonos esta pregunta.

Las personas compartimos el planeta tierra con otras especies y en particular con nosotros mismos. La experiencia entre los seres vivos es que cuando se tiene un recurso común los que lo “comparten” intentan aprovecharse de él al máximo para su individual provecho. En el ejemplo que usó Hardin, cada pastor busca ganar terreno y colocar el mayor número de cabezas de ganado en su espacio. Esto puede funcionar para un individuo por un tiempo, sin embargo, cuando se enfrentan al problema de la sobreexplotación, el bienestar social se ve afectado y la calidad del pastizal decae para luego agotarse, de tal manera que la comunidad transita a una tragedia al extinguirse el recurso para todos los ganaderos.

 

 En su texto, Hardin plantea cómo cegados por nuestros intereses es fácil sobreexplotar los recursos naturales y no compartir responsabilidades aun sabiendo que esto no beneficia a nadie. Quizá sea conveniente ejemplificar este problema con situaciones más cotidianas. Por ejemplo, el compartir un vestido entre hermanas y que una de ellas lo use en repetidas ocasiones y la otra solo en eventos especiales, o compartir el auto de la casa sabiendo que papá recorre con él largas distancias y mamá solo lo utiliza para ir al supermercado, son situaciones en las que evidentemente se tiene un mismo recurso, pero un individuo lo agota; el vestido envejece y ya no puede ser usado en fiestas, y el automóvil se desgasta. Parece claro que no hemos entendido el verdadero significado de compartir. Según la Real Academia Española, compartir se define como repartir, dividir, distribuir algo en partes. “Comparte tus juguetes”, nos han dicho siempre nuestros padres; “¿Me compartes de tus palomas?”, los amigos en el cine, y la lista de cosas que nos han pedido compartir es interminable. Por lo menos en casos como estos, después de hacerlo, es gratificante para ambas partes. De niños nos divertíamos más si jugábamos en grupo y el cine simplemente no es cine sin palomitas. Es decir, no se trata de aprovecharse del otro sino que la repartición sea equitativa y que ambas partes obtengan el mismo beneficio.

Hemos olvidado que vivir en sociedad implica respetar los “arreglos sociales”, que son acuerdos a los que llegamos por un tipo de coerción (positiva y de consenso) -como respetar el reglamento de tránsito, no robar y pagar impuestos, o en el ejemplo de Hardin, respetar un número máximo de cabezas de ganado por pastor- que generan responsabilidad y nos acercan al bienestar social.
En resumen, cuando hay un recurso común compartido y cada usuario se beneficia directamente de su uso, pero comparte los costos de su abuso con todos los demás; la consecuencia es la sobreexplotación del recurso, erosionándose hasta que deja de estar disponible para cualquier persona. Si el mundo fuera infinito, argumenta Hardin, no habría que preocuparse, la cantidad de recursos en el planeta sería también infinita y el número de habitantes podría ser ilimitado. Sin embargo el planeta es finito y el problema de la sobrepoblación es cada vez mayor. Lamentablemente el planeta no es infinito y nuestra forma de usar los recursos naturales ha sido sin contemplar limitaciones.

Para evitar el abuso que hemos hecho, una alternativa es educar y exhortar a los usuarios, para que entiendan las consecuencias de abusar del recurso. Restablecer o fortalecer el vínculo de retroalimentación que claramente indique la negativa del comportamiento egoísta, ya sea mediante la privatización del recurso por lo que cada usuario siente las consecuencias directas de su abuso o (ya que muchos recursos no pueden ser privatizados), regulando el acceso de todos los usuarios del recurso. Para ello se han creado un sin número de campañas de concientización, aunque el apelar a la conciencia no siempre ha tenido los resultados esperados. Incluso el Gobierno ha implementado leyes que protegen y regulan el aprovechamiento de los recursos naturales en nuestro país: Ley General del Equilibrio Ecológico y Protección al Ambiente, Ley de Desarrollo Forestal Sustentable, entre otras. Estas acciones se han concretado tras haber abusado de lo que hoy tenemos a nuestro alcance, es decir como una medida de control no de prevención. En este sentido el argumento de la sobrepoblación de Hardin es muy válido; habría que reconocer que seguir poblando a este planeta es lo que en verdad le está causando daño. No estamos diciendo que el tener hijos sea dañino para el planeta, pero sí deberíamos fomentar acciones para el control natal, como sucede con el uso de los recursos naturales. Deseamos enfatizar que la implementación de reglas de uso de los recursos comunes y su puntual seguimiento por todos nosotros nos permitiría vivir en armonía con nuestro planeta Tierra y alcanzar el bien común.


ºDr. Jesús Antonio del Río Portilla / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
ºDaniela Paulina Juárez Bahena / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
Instituto de Energías Renovables de la Universidad Nacional Autónoma
de México, campus Morelos.