Conforme crecen las grandes urbes, las temperaturas aumentan y los chubascos vespertinos son más notables; estos son un claro ejemplo de cómo se ha modificado el patrón de los elementos climáticos. Lo anterior se debe a que el asfalto y el concreto tienen una alta capacidad para almacenar calor, el cual es liberado paulatinamente durante las tardes y las noches. Al mismo tiempo, la ausencia casi total de vegetación impide la retención del agua de la lluvia que debería recargar el acuífero o manto freático; al no poder acumularse, dado que un buen porcentaje de esta se va a los drenajes, la humedad relativa disponible es casi nula.

Asimismo, el albedo (es decir, el porcentaje de radiación solar que cualquier superficie terrestre o acuática refleja y devuelve a la atmósfera) se modifica severamente dadas las características físicas del asfalto y el concreto (de coloración negra y gris, respectivamente), los cuales tienen poca o nula capacidad reflectante, propiciando acumulación de calor en la superficie y su irradiación en el ambiente. Es por ello que cuando caminamos por la calle al medio día tenemos la sensación de que lo hacemos sobre brasas ardientes.

Las ciudades: fábricas de calor

Las altas temperaturas registradas por el paulatino calentamiento que los rayos del sol provocan a lo largo del día ocasionan que la humedad disponible en la Ciudad de México en la época de lluvias se evapore gradualmente hasta formar nubes. Éstas se estructuran de manera peculiar y alcanzan un gran desarrollo vertical debido al calor emitido por la ciudad; a las cuales se les llama cumulonimbus o cumulonimbos. Son nubes muy altas (su base suele encontrarse a menos de 2 km de altura mientras que la cúspide varía entre los 15 y los 20 km de altitud) formadas por columnas de aire cálido y húmedo que se elevan en forma de espiral rotatoria. Dentro de la espiral, las gotas que se forman por la condensación ascienden y se enfrían, mientras que al llegar a la cima descienden bruscamente y se calientan. Este proceso se repite incontables ocasiones, lo cual da pie a la formación de las capas en el granizo. Si tomáramos una de esas gotas congeladas, sería fácil observar sus capas cristalinas y opacas, cada una de ellas correspondiente a un ascenso y a un descenso rápido de la gota dentro de la espiral de la nube.

Cuando los cúmulos están plenamente desarrollados adoptan una forma de yunque, con la punta hacia atrás respecto a la dirección del desplazamiento de la tormenta, es decir, a sotavento. Al posarse sobre la ciudad, es como si se colocaran sobre una enorme estufa; de manera que se desencadena vertiginosamente un proceso de convección dentro de la nube (figura 1, pág. 4).

Fuertes chubascos, síntoma inequívoco de grandes ciudades

La convección consiste en un movimiento circular ascendente de las moléculas de agua contenidas en la nube; cuando las pequeñas gotas escalan se enfrían y se adhieren entre sí hasta condensarse en forma de gotas más grandes y pesadas. Este aumento de peso y volumen provoca su descenso. En su trayecto se les incorpora más vapor de agua, el cual forma una delgada película que las envuelve. De esta manera, ganan peso durante su declive al interior de la nube; sin embargo, al llegar a la parte inferior, se enfrentan al calor irradiado por la ciudad y, al aumentar inevitablemente su temperatura, ascienden de nuevo vertiginosamente en un ciclo continuo hasta que las gotas alcanzan, tanto un tamaño como un peso mucho mayores. Este proceso de ascenso y descenso se denomina convectividad.

Eventualmente, muchas de las gotas dentro de la nube se mantienen congeladas (granizos), de manera que cada nuevo ascenso adhiere una película más de agua. Finalmente, el peso del granizo es tal que las obliga a caer. A pesar de ello, los edificios y el asfalto de las calles continúan irradiando calor aun después del mediodía, lo cual prolonga el proceso convectivo. Debido a este ciclo, los pequeños granizos se le aglutinan paulatinamente cada que suben y bajan dentro de la nube, formando más capas de vapor y de agua líquida, las cuales incrementan su tamaño y peso hasta que el aire de la nube no puede contenerlos de nuevo y entonces se inicia el chubasco: grandes gotas de agua acompañadas de granizo. Una vez que la nube se descarga, es decir, se libera del agua en forma de gotas y granizo, queda solo vapor y vuelve la calma a la ciudad.

Sin embargo, y pese al chubasco, tanto en la calle como en el interior de las casas y los edificios, se percibe una sensación de bochorno. Esto se debe a que la energía invertida durante el aguacero es liberada en forma de calor. Ello sumado al incremento de la humedad en el ambiente provoca que nos sintamos sofocados, ya que no podemos sudar dada la humedad circundante que bloquea el proceso fisiológico en nuestro cuerpo, además de que ambos ambientes (el cuerpo y el aire) se saturan de agua en forma de vapor.

Construcciones naturales: arquitectura termorregulada

Lo anterior no sucedería si el material con el que elaboramos nuestras edificaciones tuviera los principios térmicos de las construcciones termiteras (aquellos habitáculos de las termitas). En el interior de esas estructuras existen verdaderas ciudades, de las cuales destacan una cámara real (para la reina), una zona de cultivos y una zona de abastecimiento de materiales con una organización de acuerdo a su ocupación (defensa,
construcción, agricultura, natalidad y cámaras de guardería). Cada una de las áreas tiene sistemas naturales de aireación que permiten enfriar el aire o calentarlo según el caso (figura 2).

Arquitectura moderna, diseños con fines de lucro

Es curioso observar que los insectos sean mucho más ingeniosos y asertivos en la construcción de sus colonias que los propios humanos. Por ello, resulta necesario preguntarse si hay falta de creatividad en los arquitectos, o si importa más la ganancia que el diseño. La respuesta, querido lector, está en tus manos. Sin embargo, vale la pena voltear la mirada a la estrategia desarrollada por los animales que, lejos de dañar el ambiente, aprovechan los recursos disponibles para satisfacer sus necesidades de vivienda.

Figura 1: Fenómeno de convección dentro de las nubes.
Figura 2: Estructuras arquitectónicas de los termiteros.


Dra. Norma Sánchez-Santillán / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
M. en C. Rubén Sánchez-Trejo / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco,
Ciudad de México, México.