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LO QUE NO LAS MATA LAS HACE MÁS FUERTES

Las bacterias son diminutos organismos, invisibles a simple vista, que pueden estar presentes en la tierra, agua, plantas, en la superficie de la piel o dentro del cuerpo tanto de animales como del ser humano. Todas las bacterias poseen en su estructura una capa protectora llamada pared celular que envuelve a su ADN (ácido desoxirribonucleico), el cual contiene información genética en un código que necesita ser descifrado por una maquinaria llamada ribosomas. El mensaje del ADN contiene todas las instrucciones detalladas para producir sus proteínas con funciones y características específicas, dependiendo de las necesidades de las bacterias. Además, existen otras estructuras que pueden formar parte de ellas, como los flagelos, que favorecen su movimiento; las fimbrias, para su adherencia a estructuras; o la cápsula, que les da mayor aislamiento, protección y resistencia.

La mayoría de las bacterias que habitan el cuerpo humano son inofensivas. Se les conoce como microbiota, lo anteriormente denominado flora intestinal. Muchas de ellas pueden ser benéficas e, incluso, necesarias para el funcionamiento del cuerpo humano. Por ejemplo, las del intestino producen la vitamina K, que es necesaria para la coagulación sanguínea. Sin embargo, otras bacterias tienen la capacidad de invadir y dañar diferentes partes de nuestro cuerpo, como las vías respiratorias, digestivas, urinarias y los huesos, causando enfermedades mortales en muchos de los casos.

Durante la segunda guerra mundial, las heridas de los soldados se complicaban por la presencia de estos microorganismos, esto provocó muchísimas bajas. En ese periodo, el empleo de un antibiótico llamado penicilina se utilizó como tratamiento, lo que favoreció a la recuperación de muchos combatientes. A través del tiempo, esta situación impulsó el desarrollo y producción de nuevos antibióticos con el objetivo de debilitar o matar a las bacterias y así lograr la pronta recuperación de los pacientes.

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Los antibióticos son sustancias de origen natural o sintético utilizados para dañar, debilitar o matar a las bacterias desde diferentes ángulos de ataque. Pueden actuar afectando la pared celular, como lo hacen las penicilinas y cefalosporinas; dañando la maquinaria que replica su material genético, como las quinolonas; o la producción de sus proteínas, como las tetraciclinas, los aminoglucósidos o el cloranfenicol; entre otros mecanismos. El ataque de los antibióticos en estos sitios tiene como objetivo afectar el ciclo de vida de las bacterias hasta ocasionarles la muerte.

Sin embargo, estos seres vivientes microscópicos tienen una asombrosa capacidad de persistencia y rápida adaptación frente a condiciones que pongan en riesgo su vida. Por si esto fuera poco, todas las experiencias a las que se enfrentan quedan almacenadas en su ADN y son utilizadas para fortalecer o desarrollar nuevos mecanismos de defensa. De esta manera se produce un fenómeno conocido como resistencia bacteriana dando como resultado que éstas se vuelvan difíciles de matar.

Uno de los mensajes que las bacterias transmiten rápidamente entre ellas son los mecanismos de defensa. Esta información se puede compartir como herencia a sus descendientes durante su multiplicación o a bacterias vecinas a través de pequeños paquetes de ADN fácilmente intercambiables llamados plásmidos.

Algunos de los principales mecanismos de defensa consisten en fortalecer su pared celular, degradar antibióticos o evitar que estos lleguen a su sitio de ataque, expulsar a los antibióticos que hayan entrado al interior de la bacteria, fortalecer su cápsula protectora, captar nutrientes del humano para favorecerse ellas mismas, producir estructuras que favorezcan mayor adherencia y fijación para evitar ser eliminadas del cuerpo humano.

Es importante señalar que las bacterias no desarrollan estos mecanismos con el objetivo de enfermar o dañar a los humanos, lo hacen más bien para sobrevivir ante una amenaza de muerte. A través de esto, son capaces de adaptarse a las nuevas condiciones de cambio.

El uso de antibióticos cuando no es requerido o la suspensión de tratamientos se hace antes de lo indicado “porque ya nos sentimos bien”, representa un proceso de selección para las bacterias, donde muchas morirán, pero las más fuertes almacenarán esa nueva información en su ADN, resistirán y desarrollarán nuevas defensas. Así, se harán aún más fuertes y, además, esa información se transmitirá a otras bacterias de forma rápida.

Además de las bacterias, los humanos estamos expuestos a otros microorganismos como los virus, parásitos u hongos que nos pueden causar infecciones. Sin embargo, debido a que los antibióticos están dirigidos a procesos celulares específicos y propios de las bacterias, su uso incorrecto ocasionará la falla principal del tratamiento.

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Esta situación nos lleva a reflexionar sobre el manejo adecuado de los antibióticos, así como la manera de evitar su uso exagerado e indiscriminado. Los antibióticos solo deben ser administrados en infecciones causadas por bacterias y dependiendo del tipo de infección que el médico diagnostique, deberá considerarse el tipo de antibiótico, dosis y tiempo de tratamiento. Como pacientes, debemos cumplir con las indicaciones establecidas y no modificar o suspender el tratamiento porque veamos pronta mejoría.

Recordemos que, con el tiempo, las bacterias tienen la capacidad de adaptarse rápidamente y desarrollan mecanismos para protegerse. Esto provocará que sean cada vez más fuertes y más resistentes y, en palabras del poeta inglés John Milton: “¡lo que no las mata las hace más fuertes!”.

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Dra. Josefina Durán Bedolla / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
Instituto Nacional de Salud Pública