En la mitología mexicana de todos los tiempos, las serpientes ocupan un lugar importante en lo religioso y en lo cultural; ya que se les ha considerado como dioses o demonios que simbolizan los procesos de creación o destrucción de la vida.

Seguramente, estos atributos sobrenaturales que se les han asignado, resulten del impacto que su imagen provoca en la conciencia de la especie humana. Es posible que la mente se deje seducir, haciendo volar la imaginación, al contemplar una lengua bífida o el fenómeno de “renovación” y “renacimiento” que estos reptiles experimentan cada vez que mudan de piel.

Entre las serpientes destacadas de la época prehispánica está Quetzalcoatl, la serpiente preciosa o serpiente emplumada, que fue héroe civilizador de todos los pueblos Mesoamericanos y deificado como dios del viento o Ehecatl. En su personificación de Quetzalcoatl, se le representaba en forma de serpiente con las escamas del dorso y de los costados alargadas de modo que adquirían la apariencia de las hermosas plumas del quetzal. El las culturas Maya y Quiché, la “serpiente emplumada” recibió el nombre de Kukulcán y Gucumatz, respectivamente. Por otra parte, los aztecas consideraban que la madre de toda la humanidad era una “mujer serpiente” conocida como Ciuacoatl.

Es mucho más lo que en este texto se podría comentar sobre el papel que juegan las serpientes en la cultura mexicana, o sobre la amplia diversidad de especies que pueblan todos los rincones del país. Sin embargo, en este caso se hablará sobre una especie de serpiente en particular que, aunque es conocida con el nombre de “culebra de agua”, no corresponde a aquellas agrupadas en el género Thamnophis (para el caso de México) y que habitan en los alrededores o dentro de ríos y lagos; sino de una monstruosa serpiente real y metafórica que, durante los días lluviosos de tormenta, baja zigzagueante de las nubes grises para beber el agua del mar: la tromba marina.

No es nada extraño que la columna nubosa y tambaleante de una tromba marina (la cual sale de la base de una nube y levanta del mar considerable cantidad de agua que se dispersa en forma de gotas), nos recuerde por su forma la esbelta y alargada figura de una gran serpiente que desciende de los cielos. Los aztecas llamaron ehecacoatl (serpiente de viento) o ehecacoamixtle (serpiente de viento y nube) a las trombas; en tanto que al relámpago lo conocían como xiuhcoatl (serpiente azul) y a la Vía Láctea la nombraron mixcoatl (serpiente de nube). Por su parte, la etnia de los Huicholes del occidente de México, cree que las nubes oscuras y los aguaceros que se observan en el horizonte lejano son serpientes emplumadas voladoras que descargan lluvia de distintos colores sobre la tierra.

La primera señal visible durante la formación de una “culebra de agua” es la aparición de un vórtice o remolino en forma de punto negro sobre la superficie del océano (las trombas también pueden ocurrir en ríos o lagos), el cual es causado por la rotación del viento sobre la superficie de ésta (de manera similar al remolino que se forma cuando jugamos a girar con nuestras manos el agua contenida dentro de un recipiente). El remolino que conecta la base de la nube con la superficie del agua, se hace visible porque el agua se condensa a sus alrededores y no es, como se piensa, el resultado de que el agua de mar suba hasta las nubes, ya que ésta sólo es levantada unos cuantos metros cerca de la superficie del océano (es decir, el remolino no está lleno de agua líquida, sino que es agua en forma de vapor). En ocasiones, el efecto de la succión del agua por algunas trombas es tan poderoso que logran aspirar animales y plantas.

La velocidad dentro del remolino puede alcanzar los 80 km/h. Las trombas marinas se forman a alturas no mayores de 914 metros sobre la superficie del agua y el diámetro del remolino se encuentra entre los 15 a 46 metros. Durante su tiempo de vida, la “culebra de agua” varía en forma e intensidad, pero siempre con una suave cadencia, que llega a su fin cuando el aire dentro del remolino se torna frío y, por lo tanto, se disipa la energía para girar, distorsionándose el embudo hasta desvanecerse. Las “culebras de agua”, a pesar de su corta duración y que disminuyen su fuerza al tocar tierra, representan un riesgo potencial para las embarcaciones en el mar y la infraestructura de la costa.
Es el potencial poder destructivo de las “culebras de agua”, lo que ha hecho que sean consideradas como enviadas del mal. En este punto, es donde los atributos sobrenaturales de las trombas marinas se mezclan con las creencias religiosas de un pueblo. Se dice que una “culebra de agua” puede ser destruida con el poder de la fe. Para ello, se requiere tomar a un niño pequeño entre los brazos y colocarse en dirección a la tromba. Posteriormente, el niño toma un cuchillo en la mano y con él hace el signo de la cruz en el aire (al igual que los sacerdotes católicos cuando en una misa bendicen a los feligreses); acción que, “milagrosamente”, desvanece la tromba y permite que una comunidad quede protegida contra este tipo de fenómenos meteorológicos por muchos años.

Sin duda, este mito es reflejo de un país mestizo y rico en folclor como México, donde las imaginarias serpientes que bajan de los cielos (en los códices prehispánicos, a los que los aztecas llamaban amoxtli –libros pintados–, se simboliza a la lluvia con serpientes que cuelgan del cielo y, a la sequía y el hambre, con una serpiente atravesada por una flecha) y que representan al mismo demonio en la religión católica romana, son fácilmente sometidas por Dios al invocarlo a través de la poderosa señal de la cruz ejecutada por la inocente mano de un niño.


 

Dr. Fabio Germán Cupul-Magaña / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
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